Domingo, Maio 28, 2017
   
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Un musulmán con el sello de Daniel II

Notícias - O Sheikh Responde

En mis anteriores palabras he narrado cuál fue mi puerta a la creencia: el legado de un profeta legítimo de Dios
asumido como tal. Hay gente que reconoce este tipo especial de herencias divinas como lo que son gracias a los milagros que encierran y no fui la excepción: el milagro que atestiguo de la profecía de Daniel (que la paz sea con él) consiste en la frescura transmilenaria de un anuncio apocalíptico que se sigue cumpliendo y que se encuentra apunto de culminar. Es decir que reconozco sus palabras como una verdad revelada y trascendente. Lo cual no nos lleva a saber por qué me convertí al Islam, ¿verdad? Sólo se explica con lo dicho cómo fue que decidí aceptar que Dios tiene mensajeros: el mensaje al que accedí es sobrenatural, innegable, y de evidente factura divina. Pues justamente de la misma manera me ocurrió con el Sagrado Corán, como podrían imaginarse, pero antes de entrar en el tema coránico, quisiera explicar cual fue el mecanismo cognitivo que me facilitó aceptar sin resistencia la profecía del bienamado de Dios como verídica y vinculante.

En un mundo cuya humanidad ha perdido mayoritariamente la capacidad de la poesía, entender mis razones puede ser dificultoso por principio, por lo que deseo detallar en síntesis cómo se realiza este despojo mental en las víctimas pasivas y cómo lo llevan a cabo las víctimas propiciatorias. Sin la explicación que merece este punto de partida, le será imposible a alguien hurtado de estas capacidades entender mi proceso. Este robo mencionado consiste en privar del mundo de las abstracciones a las cabezas de las personas, es decir, la garra del ladrón atrapa y se lleva la facultad de la imaginación, y con ella otras tantas.

Un neurólogo moderno, por ejemplo, condicionado por un sistema universitario que más que enseñarle le programa e indoctrina, creerá que se debe sencillamente al azar que cada vez menos gente lea o escriba. Y concluirá que también es fruto de la casualidad que la poesía de manera creciente se aleje de la mano de los pocos lectores en extinción que todavía deambulan por allí. Un neurólogo de la vieja escuela pensará en medio de su encanecida cabeza que algo le ha ocurrido al mundo, pues cada vez pierde más la humanidad, no sólo el don de la lectoescritura, sino también cada una de las capacidades neurales que nos diferencian de las fieras. Éste último facultativo tiene más cercanía con las verdaderas causas de estas enormes privaciones que disminuyen nuestra virtud como especie y nos emparentan con las máquinas o con algo peor. Quizá querrá investigar los procesos mediante los cuales menguamos nuestras nervaduras y con ello anulamos sus capacidades. Empero, el problema seguirá allí: una incapacidad manifiesta de concebir los mundos sutiles siquiera como posibilidades, adjunta a un empecinamiento mortal por preservar el estado tan cómodo que semejante estado disociado produce.

Mi historia nunca fue así. Mi vida ha estado enriquecida desde su principio por esos mismos mundos que ahora sólo son concebibles y soportables en las pantallas de las teles, las computadoras y los cines. Mi abuela me contaba cuentos antes de dormirnos y juntos escuchábamos los programas en Amplitud Modulada de la XEW, las radionovelas de RadioRed, las declamaciones inspiradas de los locutores en programas especiales de poesía; mi madre narraba a sus amigos sus epopéyicas aventuras transcontinentales y multiculturales mientras la escuchaba embelesado escondido en el pasillo de la casa; mi padre componía canciones al igual que mi mamá y además en sus bocas los poemas más bellos se convertían en dulces arrullos acompasados por las cuerdas de sus guitarras. Recuerdo, por ejemplo, que gracias al generoso departir de mi madre, me enteré de primera mano de innumerables tradiciones indias de los pueblos originarios de Norte América, como sus profecías y cosmovisiones. Y no hablo de los cientos y cientos de libros que he devorado desde que comencé a leer en forma.

De hecho, el primer día en el que estrené la capacidad de leer fue una revelación: viajaba con mi abuela en el camión y tuve la inspiración de descifrar, como Dios me dio a entender, las palabras que se sucedían unas tras otras en el bombardeo de los espectaculares de los edificios, las nomenclaturas de las calles, las palabras inscritas en cada superficie apalabrable. Esta experiencia resultó tan sobrecogedora que aún late en mi piel el estremecimiento que tuve al penetrar por primera vez en este mundo sutil de los signos y los significados. Este mundo, lector, es el paraíso perdido de las generaciones que se alejan al más abyecto olvido ante nuestros ojos azorados y mudas bocas. Y esto también me estremece, pero ya no es una sensación agradable. Al perder los significados, han perdido los sentidos, y son presas fáciles de los sucedáneos que los medios les ofrecen para indigestar sus sistemas nerviosos de sensaciones. A este cúmulo de seres que se satisfacen masturbatoriamente de invasiones visuales, acústicas, táctiles y electromagnéticas les será obviamente muy arduo recuperar el tono sensorial que han desorientado gracias a los excesos que cometen a cada momento. Con ellos se debe partir desde cero en muchos ámbitos, y el que me atañe en este momento es el de la lecto-escritura. Cuando estamos hablando de personas que aprendieron a leer y a escribir antes de la invasión de microondas (influencia inhabilitante de miles de procesos cerebrales, nerviosos y fisiológicos), podemos abordar el tema desde la reeducación o el reacondicionamiento, para lo que disponemos de muchas herramientas efectivas, siempre y cuando haya voluntad de la persona en cuestión; y cuando la población de la que tratamos es aquella que llegó a la educación primaria después de la expropiación silenciosa del espectro del fuego invisible de las microondas, deberemos tomar en cuenta siempre que su analfabetismo no sólo se debe a que voluntariamente se han sometido al trance del rayo, sino que además han sido su objetivo primario desde el mismo comienzo de esta guerra que los ojos no pueden constatar, y para cuyo atestiguamiento se necesitan justamente aquellas capacidades que el mismo horno ha impedido que se desarrollaran plenamente.

¿Por qué motivo debería iniciar una pedagogía en este momento que aborde esas potencias del ser que se han relegado al baúl del Alzheimer? Porque sin su abordaje el fenómeno que me ha ocurrido con la palabra revelada no se comprendería. Estoy convencido de que esta riqueza no debe ser menospreciada ni malentendida, pues en ello el sentido de nuestra existencia se perdería. La revelación profética es el faro del fin de los tiempos, nadie encontrará más luz que ella. Es menester encuadrarla en su magnitud y destacar con justicia su sublime trascendencia. Además, para seguir explicando lo que me ha ocurrido, debo estar seguro de que ciertos puntos han sido suficientemente explicados; de otra forma corro el riesgo de no haber construido un puente de entendimiento entre aquellos que lean estas palabras y su mensaje. Por esto, pondré un ejemplo sencillo de la operación de esta facultad tan necesaria que nos sirva para plantear el marco desde el que la revelación puede ser asimilada, si Dios lo otorga.

Si en un poema el lector encontrara la frase “tus ojos de mar” será natural inferir que los ojos aludidos son, o bien azules, o húmedos y brillantes como la superficie marina, o profundos como el fondo del océano, o todo ello junto, aunque quien lo haya escrito sólo haya querido subrayar un aspecto de los mencionados. Estas interpretaciones no solo son posibles, sino válidas. Esta figura que asocia las cualidades inherentes de un elemento para permitir que otro se interprete a partir de él se llama metáfora. La profecía que he comentado abunda en este tipo de figuras, las cuales aluden al devenir de la creación de Dios a lo largo de la historia. De hecho, se adelantan a la historia pues la anuncian sin el detalle de un ensayo de prospectiva o la verborrea de un análisis de inteligencia, ambos, productos netamente humanos y de demostrada falibilidad.
Si usted tiene la fortuna de que en cierto domingo acuda a su casa un par de testigos de Jehová, podrá pedirles un ejemplar de la exégesis que la Watch Tower ha realizado sobre el Libro de Daniel, y a lo largo de sus páginas hallará, no sólo representaciones literales muy bien hechas de las imágenes que tuvo el bienamado en sus visiones, sino pareamientos puntuales y precisos de las figuras visionarias con los sucesos históricos que las mismas anunciaban. Este pequeño libro tiene la virtud de casar cada visión con su correspondiente acatamiento de parte de la realidad, pues se ha tratado ni más ni menos que del decreto de Dios llevado a cabo por el mundo con o sin su acuerdo, a sabiendas o ignorandas. Esto, por sí mismo, constituye un magnífico milagro digno de destacarse, y ningún libro le ha hecho tanta justicia como el libro mencionado. Le ruego que no lo acepte regalado, pues de esta forma será el testigo quien lo pague de su bolsillo; páguelo usted generosamente y disfrútelo: es un libro de impecable edición, y aunque podríamos no estar de acuerdo en la parte dedicada a interpretar los sucesos actuales y el porvenir, ello no demerita el caudal de verdades que corren por sus páginas. Este opúsculo es un claro producto de una pedagogía religiosa brillante pues se vale de muchos recursos para lograr su cometido con efectividad, sin embargo, los que no contamos con estas herramientas y como en mi caso, sólo tenemos la palabra, debemos actuar con elocuencia y precisión en el uso de este poderoso medio. La meta que persigo es destacar la cualidad intrínseca de la palabra de Dios como puente que lleva al entendimiento a través de múltiples encuadres, subrayando, no la forma literal del verbo visionario, como hacen los testigos con los dibujos que engalanan las hojas de sus materiales, sino aquello a lo que apuntan esos símiles, esos constructos que el discurso testamentario pugna por proyectar en el área de la visión en nuestros cerebros, luchando por conectar a su vez este mundo de suyo tan etéreo con el reino concreto y material de nuestra existencia. Así y Dios queriendo, podremos revivificar para nuestras almas un legado que nos pertenece por completo: la heredad profética.

Volviendo a mi experiencia, debo conceder que habiendo desarrollado casi de manera involuntaria las capacidades comentadas, como la abstracción, la lecto-escritura, la imaginación, etcétera, me fue sencillo abarcar de un vistazo la profecía de Daniel y reconocer que su visión no se salía del marco descriptivo del mundo que me circundaba. Reconocí también que Dios se arrogaba plenamente la autoría de tan imponente cuadro y lo hacía a través de un milagro, milagro que consiste en describir con precisión metafórica la historia humana desde el instante de la visión hasta nuestros días y más allá. El profeta era solamente el honorable intermediario entre el regalo de Dios y sus criaturas. Asunto nada minúsculo, por cierto, como consta en el libro homónimo del mensajero.

¿Cómo reconocer, tal como lo hice, la verosimilitud del testamento de Daniel? Primero se ha de conceder el derecho de la duda, éste es el umbral de paso. Luego, se deberá despojar de materialismo la lectura para llevarla a su terreno fértil, desde el que florece y perfuma al entendimiento: Daniel se debe leer como uno leería un poema. Enseguida, debemos emparentar cada elemento visionario con su correspondiente explicación o interpretación, y aquí, analizar si se llevan bien el símbolo y lo que representa. Para hablar de longevidad viene bien el símbolo de un ahuehuete, por ejemplo, árbol de milenaria vida, y para señalar breves lapsos de tiempo se adecuará una flor efémera, cuya vida acaso llega a dos días de duración, por lo que se ve que cada símbolo, cada elemento de una imagen, necesariamente es una palabra escondida, elocuente, que merece desentrañarse, y que además no admite interpretaciones que no le sean propias, ¿verdad? Este es un buen camino para descifrar la visión y de hecho para escanciar la riqueza, no ya de unos versos delirantes, sino del maravilloso conjunto de dádivas de los profetas.

Empero, sigo sin explicar mi conversión al Islam. No me gustaría que se pensara que hubo un abandono en el sentido de concluir que el Corán y las tradiciones del mensajero del Islam (que Dios le bendiga) borran de tajo las luces testimoniadas de la Biblia. No fue así. En realidad me convertí en musulmán desde el momento en el que admití que Dios me había obsequiado un mensaje a través de un humano como yo en apariencia, pero muy disímil en virtudes, y lo incorporé a mi vida. Este fue el paso crucial. Lo que seguiría sería sólo una transición gradual desde un mensaje adulterado en cierta medida (la Biblia) hasta el reconocimiento de la pureza absoluta y nula alteración del Sagrado Corán. Y en este camino, como se constata, no ha habido un segundo en el que abandonara la Biblia mi corazón. Pero ahora, después de darme cuenta de que el Corán me permite discernir qué cosa es cierta de ella, cual falsa, y cual se queda en cuarentena, sé apreciar por completo al Antiguo y al Nuevo Testamentos. Soy capaz de cernir de sus Capítulos, de sus Versículos, de sus Libros, la luz sin sombras de su preciosa lámpara. Esta capacidad la otorga un libro en cuyos apelativos se encuentra denominado como “El Criterio”. Vaya que lo es. Aunque demostrarlo será parte de otros párrafos, inshAlláh.

Sólo quiero por el momento destacar que “El Criterio” (Al Furqan) promete muchas cosas y las cumple todas; una de ellas es que cualquier ámbito de la realidad se encuentra acotado por sus letras, por lo que en algún momento decidí averiguar dónde estaba la concordancia entre la visión de Daniel del cuerno de reciente aparición y las aleyas coránicas. Contaba con encontrarlas, porque ya sabía que el Corán era absolutamente confiable en sus promesas, pero de cualquier forma me sorprendió la suprema elocuencia con la que se halla descrito el episodio en cuestión. En este sentido el Sagrado Corán es superior a la Biblia. Sumamente superior. Sus descripciones tienen múltiples niveles de profundidad, y el entendimiento que de ellas podemos sacar siempre será superior al de las generaciones que nos anteceden, debido a que su explícito mensaje acompaña la intimidad de cada nueva área de sabiduría que la humanidad conquista. Entre más avanzamos en nuestro conocimiento, más se constata que el nivel adquirido ya estaba descrito en el Corán y además, en las palabras que empatan con lo que recién sabemos, se encontrará siempre un adelanto que señala al escalón siguiente de ese mismo territorio recién conquistado. Este es uno de los innúmeros milagros imbricados en las 114 Suras del Sagrado Corán. Uno solo.

He aquí las aleyas de marras: “Id hacia una nube de humo con tres ramificaciones, que no da sombra ni protege de las llamas. En verdad, él lanza lenguas de fuego como castillos.”, Sura 77. En estas breves palabras se describen los tres sectores de la antena de microondas, cada uno de ellos siendo víctima de llamas que no por ser invisibles a nuestros ojos, dejan de ser efectivas a la hora de quemarnos. La transparencia ante este fuego avasallante de nuestro cuerpo y de la pared también está descrita con precisión cuando dice que “no da sombra ni protege de las llamas”, y la distancia a la que llegan sus ígneos rayos queda apuntada cuando habla de ellos como “lenguas de fuego como castillos”, imagen propia de un objeto de grandes dimensiones y agresivas facultades. ¿Qué decir de las evaporaciones humeantes de los vivos que circundan tan espantosa abominación? Esas quedan señaladas en la “nube de humo con tres ramificaciones”, para descrédito de los ojos que se niegan a ver y de los oídos que se hacen sordos a voluntad y consciencia. ¿Se vé ahora por qué es sorprendente el Sagrado Corán?

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